Argentina comienza a mostrar señales cada vez más nítidas de acople al
rally reflacionario global que domina el escenario financiero internacional. En
un contexto de fuerte apetito por riesgo y con mercados emergentes operando con
notable firmeza y en clara overperformance sobre el S&P en este incipiente
2026, el país empieza a ser leído nuevamente como parte del set de
oportunidades que ofrece el universo EM (emergentes), y no como una anomalía
crónica condenada a la irrelevancia financiera. El telón de fondo no podría ser
más favorable. La dinámica global sigue marcada por una abundante liquidez, una
inflación internacional relativamente contenida y una narrativa claramente
reflacionaria que continúa empujando flujos hacia activos de riesgo mientras se
exacerba la licuación de las monedas papel. En ese marco, los emergentes se
benefician de manera directa, y Argentina, por primera vez en mucho tiempo, comienza a exhibir comportamientos
macroeconómicos que permiten aprovechar ese viento de cola. Es probable que el
2026 sea un gran año para el mercado de acciones emergentes frente a un S&P
de Estados Unidos que luce caro y cansado de ralear, dinámica que viene mostrando
casi sin pausa desde marzo del 2009 donde el S&P hace mínimos post quiebra
de Lehman.
Uno de los factores centrales detrás de este cambio de percepción es la
disciplina cotidiana que viene mostrando el Banco Central en materia de
acumulación de reservas. A diferencia de episodios anteriores, donde los
esfuerzos eran esporádicos, inconsistentes o directamente desmentidos por la
política fiscal y monetaria, hoy el mercado observa una conducta persistente,
previsible y alineada con un objetivo claro: recomponer el balance del BCRA y
fortalecer la capacidad de pago futura frente a una muy exigente carga de vencimientos
soberanos que dejó plantada la administración anterior. Este proceso no pasa
inadvertido en Nueva York. Wall Street empieza a incorporar este cambio de
comportamiento en el pricing de los activos argentinos, todavía de manera tímida
pero el contexto local e internacional no podrían ser más propicios.
Lentamente, la consistencia macro vuelve a ponerse en valor como un activo
estratégico en sí mismo, algo que durante años parecía una rareza en el caso
argentino. El mercado no exige milagros, pero sí coherencia, continuidad y
señales claras de que la improvisación y la sarasa dejaron de ser la regla.
En ese sentido, comienzan a aparecer recomendaciones explícitas de carry
trade en pesos por parte de analistas y bancos internacionales. Este dato no es
menor. El carry en moneda local no solo refleja confianza en la estabilidad
cambiaria de corto plazo, sino también en la capacidad del esquema macro para
absorber liquidez sin derivar automáticamente en tensiones inflacionarias o
cambiarias desordenadas. La implicancia macroeconómica es relevante: este
fenómeno abre un mayor margen para la monetización de reservas sin generar
tensiones inmediatas sobre precios. En una economía que comienza a mostrar
signos de re-monetización y recuperación de la demanda de dinero, la compra de
dólares por parte del BCRA puede ser absorbida de manera más ordenada. El
trade-off clásico entre acumulación de reservas e inflación empieza a verse, al
menos parcialmente, menos restrictivo, lo cual es una excelente noticia que
Wall Street no dejará desapercibida.
Todo esto ocurre, además, en un contexto de formidable apetito global
por mercados emergentes. El rally reflacionario no discrimina ideológicamente,
pero sí premia a quienes muestran disciplina y consistencia. Argentina, por
primera vez en muchos años, empieza a cumplir con ese requisito mínimo para que
nos vean con atractivos desde la óptica de una cartera global que intente
reflacionar. Resulta inevitable contrastar este escenario con el pasado
reciente. Wall Street fue extraordinariamente permisivo con la reestructuración
de deuda soberana de la administración anterior, una operación con problemas de
credibilidad que decantó en un significativo salto de riesgo país casi apenas
salieron los nuevos bonos al mercado. Aquella indulgencia respondió probablemente
más a un exceso de liquidez global que a los méritos del programa económico.
Hoy, en cambio, el mercado se muestra mucho más exigente con el gobierno
libertario, contabilizando cada decisión, cada señal y cada desvío potencial.
Lejos de ser una desventaja, esta mayor exigencia puede transformarse en
un ancla de credibilidad. La diferencia clave es que ahora existe un programa
macro que el mercado considera, al menos, consistente. La acumulación de
reservas, la ortodoxia fiscal y la disciplina monetaria comienzan a articularse
en un esquema que resulta entendible y predecible para los inversores globales.
En definitiva, Argentina empieza a acoplarse, todavía de manera incipiente,
pero cada vez más visible, al rally reflacionario global. El proceso no está
exento de riesgos ni de desafíos, pero el cambio de modelo es evidente. Tal vez
sería oportuno que alguien se lo informara a la opinión pública local: el
mercado internacional ya tomó nota.
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