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Urgencia argentina: es mucho más importante aumentar reservas que bajar inflación

Empieza a instalarse una sensación incómoda desde Wall Street: el gobierno podría estar equivocándose en los senderos actualmente escogidos (dinámica del riesgo país versus inflación). No por falta de diagnóstico ni por ausencia de convicción, sino por una subestimación de una variable clave en la coyuntura argentina: la velocidad. En un país como la Argentina, la dirección es condición necesaria, pero no suficiente. Cuando la macroeconomía carga con una herencia peronista de vencimientos de deuda extraordinariamente concentrados en el corto y mediano plazo, el ritmo de ejecución se vuelve tan relevante como el rumbo mismo. Y hoy, la sensación dominante es que vamos demasiado lento en la acumulación de reservas, de ahí un riesgo país que no baja y un Merval que está underperformeando al resto de sus pares de emergentes en este incipiente inicio de 2026.

El punto de partida es ineludible. El peronismo dejó plantada una montaña de vencimientos para los próximos tres años y medio. Los años 2026, 2027, 2028 y 2029, conforman un calendario de pagos muy exigente que obliga a una conclusión simple: rolear deuda no es una opción, es una condición de supervivencia macroeconómica ineludible. No hacerlo implicaría tensionar innecesariamente una economía que recién comienza a salir de décadas de desorden populista. Pero el roleo no va a ocurrir mágicamente. Para que Wall Street esté dispuesto a refinanciar, extender plazos y comprimir spreads, exige una señal concreta y verificable: acumulación de reservas. No hay atajos retóricos ni sustitutos discursivos. La obsesión del mercado internacional con este punto no es nueva; viene repitiéndose, con insistencia casi monótona, desde febrero de 2025 y la razón es simple: la Argentina es un defaulteador serial. Al mismo tiempo me hubiera gustado observar a un Wall Street “tan exigente” en la restructuración de deuda soberana encarada por el gobierno anterior como lo es hoy hacia la Argentina. Las muy pocas preguntas que se hicieron para cerrar dicha reestructuración, son las que ahora inundan a la gestión libertaria, lo cual tiene un sabor a cierta ironía incomprensible, pero aquí estamos.

Si la acumulación de reservas es la llave del roleo, entonces acelerar ese proceso debiera ser prioritario, aunque no sería gratis. Incluso si eso implicara asumir un costo transitorio en términos de inflación más alta. La pregunta incómoda, pero necesaria, es simple: ¿y si el gobierno decidiera comprar en 2026 USD 15.000 millones de reservas y aceptar que la inflación resultante sea la que tenga que ser como consecuencia de esa decisión? El trade-off es evidente. Una acumulación más rápida de reservas implica, casi inevitablemente, un sendero de desinflación más lento. Si la demanda de dinero quisiese cubrir la brecha mejor, pero sino, es indispensable mostrarle a Wall Street un plan B más agresivo que el actual.

Muy en breve Argentina necesita una baja contundente del riesgo país, condición indispensable para sostener el acceso al financiamiento voluntario, si eso no ocurre vamos a volar por el aire. Insisto, los vencimientos que dejó plantados la administración peronista anterior son asfixiantes. Y aquí conviene poner las prioridades en orden: hoy es mucho más importante una baja del riesgo país que una baja marginal adicional de la inflación. En este caso sería “mayor inflación marginal por obligación”, motivada por la restricción de vencimientos que plantó el peronismo. Durante todo 2026 convivirán dos fuerzas en tensión permanente. Por un lado, la inflación que podría generar la monetización asociada a la compra de dólares. Por otro, las oscilaciones del riesgo país en función de la evolución de las reservas. Negar esta tensión no la elimina; administrarla con pragmatismo puede convertirla en una ventaja.

En síntesis, la discusión no es académica ni ideológica, sino estrictamente financiera: con este perfil de vencimientos heredado, la macroeconomía argentina se juega en el frente del crédito y de la confianza. La acumulación de reservas no es un objetivo accesorio ni una obsesión de manual, sino el único lenguaje que entiende Wall Street para habilitar una baja significativa y sostenida del riesgo país. Sin reservas, no hay roleo; sin roleo, no hay estabilidad intertemporal posible. La dirección general del programa es correcta, pero el mercado no premia intenciones, premia ejecución, y sobre todo, velocidad. En esta etapa del proceso, acelerar no implica abandonar la prudencia, sino entender que el tiempo dejó de ser neutral. Postergar decisiones con la esperanza de un escenario más benigno puede resultar más costoso que asumir trade-offs explícitos hoy. Porque en la Argentina, cuando los vencimientos aprietan y la historia pesa, llegar tarde no solo erosiona credibilidad: puede convertir un buen programa económico en una oportunidad perdida.


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