La dolorosa y gran
moraleja que nos deja el pasado viernes con un selloff épico en metales
preciosos es que ya no existen los safe havens (refugios de valor). Si el oro
pudo colapsar 9.85% en una sola jornada y la plata 27.13% (llegó a estar 34%
negativa), esto indica que vivimos en un equilibrio ultra monetizado y a la vez
sumamente perverso. Y si uno quisiera argumentar que el verdadero “refugio de
valor” es un bono corto del tesoro americano, si se observa la licuación que
este activo ha tenido versus otros reales, la conclusión es que al haberse perdido
al dólar como ancla de ahorro, nada es seguro en este planeta en el que vivimos.
No importa en qué activo estés posicionado, podés ser triturado en horas. Esta
es una de las consecuencias más siniestras de haber comenzado a inundar al
mundo de monedas papel desde la implementación de Quantitative Easing en 2008 y
ya no hay salida de esta mega burbuja de activos financieros en la que
pululamos.
Bajo esta óptica, los
mercados financieros internacionales atravesaron el viernes uno de los
episodios de corrección más violentos de la historia esta vez, destinado a la
plata puntualmente. El movimiento tuvo como principal protagonista al complejo
de metales preciosos, con una caída particularmente extrema en la plata, que
llegó a registrar pérdidas superiores al 35% en apenas un par de horas. La brutal
magnitud del desplome respondió menos a un cambio en los fundamentos económicos
y más a factores estrictamente financieros, asociados al cierre forzado de
posiciones altamente apalancadas. La brusca caída de precios activó llamados de
margen en forma masiva (margin calls), obligando a liquidar posiciones
largas a escala global. Ese proceso generó un efecto dominó que rápidamente se
trasladó al resto de los metales y terminó impactando sobre otros activos de
riesgo, en un contexto de alta correlación forzada, muy típica de episodios de pánico
financiero.
Como suele ocurrir en
este tipo de instancias, Wall Street encontró una “excusa muy conveniente” para
desarmar el trade de consenso: “largo metales preciosos”. Durante los últimos
seis meses, la posición larga en metales preciosos se había consolidado como
una de las apuestas más difundidas entre inversores institucionales, apoyada en
la narrativa de una licuación estructural del dólar y en la necesidad de refugiarse
en activos con valor intrínseco real. En ese esquema, el oro y la plata
funcionaban como los principales vehículos de cobertura frente al deterioro de
las monedas fiduciarias. El detonante inmediato de la venta masiva del viernes
(sell-off) fue la nominación de un nuevo personaje al mando de la
Reserva Federal, inicialmente interpretado por el mercado como de perfil “hawkish”.
En términos de política monetaria, este calificativo refiere a una postura
inclinada hacia la “suba de tasas de interés”, en contraposición a un enfoque “dovish”,
caracterizado por “tasas bajas y estímulo monetario”. En un mundo financiero
acostumbrado a niveles extraordinarios de liquidez y a una permanente
intervención de los bancos centrales, la sola posibilidad de un giro
restrictivo fue suficiente para disparar semejante reacción abrupta.
Y el impacto se
extendió más allá de los metales. El mercado de acciones globales cerró
mayoritariamente en terreno negativo, con los principales índices
estadounidenses liderando las caídas y acciones emergentes operando incluso con
mayor beta o sea, con una negatividad superior a la observada en Estados Unidos.
Sin embargo, el movimiento parece haber tenido un componente significativo de
sobrerreacción (overshooting). La conducción de la Fed no depende
exclusivamente de su presidente, sino de un comité amplio cuyos miembros han
mostrado, hasta el momento, un claro sesgo hacia políticas monetarias muy expansivas
(dovish). En ese contexto, resulta prematuro asumir que una nominación
puntual implique un cambio estructural en el rumbo de la política monetaria. Lo
del viernes probablemente haya sido una brutal exageración y un intento muy
efectivo de limpiar posiciones extremadamente congestionadas para oxigenarlas,
siendo la plata el ejemplo mas contundente.
A todo esto se suma un
factor político no menor. El presidente Donald Trump ha manifestado
reiteradamente su preferencia por una economía norteamericana altamente
monetizada, con abundante liquidez y tasas de interés sumamente controladas,
como mecanismo para sostener el crecimiento nominal y el efecto riqueza sobre el
ciudadano norteamericano promedio. O sea, “peronismo en inglés”. Un giro
verdaderamente restrictivo a nivel monetario (hawkish) tendría
consecuencias severas sobre el mercado accionario con caídas potencialmente
profundas en índices como el Nasdaq y podría afectar negativamente las
elecciones de medio término previstas para noviembre. La sensibilidad del
electorado estadounidense al desempeño del mercado accionario es muy elevada, y
la actual administración ha demostrado estar particularmente atenta a esa
dinámica.
Desde una perspectiva
histórica, el episodio del viernes parece más consistente con un ajuste táctico
que con un cambio de paradigma. Desde la implementación del Quantitative Easing
en 2008, la política monetaria estadounidense ha operado bajo un esquema de
fuerte laxitud, altísima nominalidad y reflación sistemática de los activos
financieros a nivel global. Ese marco ha sido ratificado en múltiples ciclos de
volatilidad y, hasta ahora, no existen señales contundentes de que esté siendo
abandonado, en lo mas mínimo. En este sentido, la corrección puede
interpretarse como una purga técnica de posiciones excesivamente consensuadas y
apalancadas, más que como el inicio de una fase contractiva sostenida
ocasionada por eventos macro fundamentales. Probablemente, la violencia del
movimiento respondió a la concentración de posiciones y al uso intensivo de
apalancamiento, factores que sobre-amplificaron la dinámica de ventas una vez
activados los mecanismos automáticos de liquidación.
En conclusión, probablemente
el mercado utilizó un evento coyuntural para forzar un reordenamiento de
portafolios y reducir riesgos acumulados: “siempre hay alguien que compra abajo
lo que otros venden”. No obstante, los pilares estructurales que dominaron el
escenario financiero de los últimos años, liquidez abundante, tasas controladas
y sesgo reflacionario, permanecen vigentes. Mientras ese equilibrio no se
modifique, episodios como el del viernes probablemente sigan siendo
interpretados como ajustes transitorios dentro de un régimen monetario que, por
ahora, continúa intacto muy a pesar del personaje que en apariencia quede al
mando de la Fed. Los principales bancos centrales del planeta están atrapados
para siempre en una jaula monetaria de la que no pueden escapar. Si se salen se
rompe el mundo, por lo que la víctima de todo esto seguirá siendo la moneda
fiduciaria.
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