Bajo este modelo libertario, los argentinos comienzan a beneficiarse de una mayor libertad económica, cada vez más lejos del populismo, ese mismo que condenó a la Argentina a la pobreza. El colapso de las industrias prebendarias no constituye un síntoma de fracaso del modelo libertario, sino exactamente lo contrario: es una consecuencia lógica de su funcionamiento. Las actividades ineficientes tenderán a desaparecer y el capital se irá reasignando hacia sectores genuinamente rentables y competitivos, como la energía, la minería, la agricultura y toda aquella industria con la capacidad de operar eficientemente y sin rentas extraordinarias. El país de pagar diez veces el costo internacional se evapora rápidamente, y con él la renta diferencial de los amigos del poder de turno. El 2026 promete ser un año formidable para la economía argentina, y el Merval aún no lo tiene incorporado en precios. En este marco conviene recordar el principio básico de la prosperidad de las naciones: el Estado destruye riqueza; el empresario privado no prebendario la genera.
De cara a 2026, el escenario macroeconómico es contundente: se profundiza el proceso de desinflación, el riesgo país quiebra a la baja con potencial para ubicarse por debajo de los 400 puntos básicos en breve, persiste la apreciación del peso y la economía exhibe un crecimiento muy robusto. En ese contexto, el Merval debiera mostrar una clara overperformance frente a las acciones emergentes para este 2026 que recién comienza. Todo apunta a un muy buen año para la Argentina. Para quienes tengan ganas de estudiar, mejorar, trabajar y crecer, el mensaje del gobierno es claro: súmense al rally libertario. Para el resto, siempre quedará la opción de seguir quejándose. La desinflación, el orden en las calles, la ausencia de piquetes y la inexistencia de saqueos inducidos describen una Argentina tranquila, en paz y relajada. La libertad, por definición, es pacífica.
El factor macroeconómico más relevante de 2026 es que Argentina debe rolear su deuda. Si no se refinancian los vencimientos heredados del kirchnerismo, el escenario se complica severamente. Sin embargo, el contexto político local es muy favorable y la relación con Estados Unidos es impecable, por lo que el rolling es altamente probable. Esto abre la puerta a una compresión adicional de alrededor de 200 puntos básicos en el riesgo país durante el primer semestre del año. La flexibilización de las bandas cambiarias introduce mayor opcionalidad y mejora el set de instrumentos de política económica. Tras el testeo inicial de Wall Street, el mercado comenzó a pricear una mayor consistencia del programa. En un escenario de crecimiento en 2026, la re-monetización vía compra de dólares resulta macroeconómicamente consistente y no inflacionaria. La curva soberana responde con compresión de spreads, el riesgo país apunta a niveles sub-500 y el Merval debiera acoplarse vía una menor tasa de descuento y un re-rating de valuaciones. De esta forma y de cara a 2026, los bonos soberanos argentinos parecen finalmente dispuestos a perforar los 500 puntos básicos en el corto plazo.
El momento actual marca para la Argentina algo que va mucho más allá de una simple estabilización macroeconómica. Está en curso una redefinición integral de las reglas de juego: se están corrigiendo incentivos, reordenando precios relativos y restableciendo señales básicas para una asignación más eficiente del capital. No es una corrección transitoria, sino una modificación estructural del régimen económico. Durante años se priorizó la protección artificial por encima de la eficiencia productiva, y el saldo fue previsible: inflación persistente, pérdida de competitividad y una erosión continua del poder adquisitivo. La inflación no fue el origen del problema, sino la consecuencia monetaria de desequilibrios más profundos. Frente a este panorama, los datos macroeconómicos bajo la actual administración libertaria muestran una mejora contundente en relación con la gestión previa, que había dejado a la economía al límite del caos y con niveles récord de pobreza. El debate es cada vez más estrecho: esta política económica ya se perfila como la más sólida de la historia argentina, y lo central es que el proceso todavía está en una etapa inicial. Todo indica que 2026 será un año de expansión significativa.
El debate sobre el modelo productivo tampoco es novedoso. El esquema exportador permitió que la Argentina se ubicara entre las naciones más prósperas del planeta, mientras que la industrialización cerrada y forzada condujo a largos períodos de estancamiento y empobrecimiento relativo. Solamente unos muy pocos beneficiados prebendarios ganaron con ese modelo a costa del empobrecimiento de millones de argentinos. La historia ofrece evidencia contundente, aunque muchas veces incómoda. No habrá una salida para los sectores transables basada en una devaluación del tipo de cambio; la mejora deberá venir por otras vías: reformas laborales, cambios en el sistema impositivo, disciplina fiscal estricta y una reducción más profunda del gasto público, especialmente en el ámbito provincial. Es clave entender que la recuperación de la economía real no depende solo del Poder Ejecutivo Nacional, sino de que todo el entramado político decida acompañar este proceso de transformación, en particular a nivel provincial, donde aún se concentra una parte sustancial del desequilibrio fiscal del Estado.
En suma, el inicio de 2026 anticipa, además, una seguidilla de buenas noticias. El año concluye con reformas laborales y tributarias aprobadas por un Congreso que dejó atrás la apatía frente al programa libertario, tras la contundente victoria del 26 de octubre. Argentina será próspera nuevamente.
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